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KEITH RICHARDS:
EL ROCK ESTA DE SU LADO

Diario Clarin
09-11-1992
Espectáculos
Por Segio Marchi
Guillermo Alerand

Era aproximadamente la una y media de la madrugada del domingo y 45.000 brazos se agitaban curiosamente para despedir al gran maestro del rock and roll, Keith Richards, quien junto a sus músicos saludaban felizmente al publico después de tocar su segundo bis, Connection. El sueño de miles comenzaban a tomar forma de recuerdo: un Rolling Stone había rockeado en la Argentina.

Los locales Ratones Paranoicos con la ayuda de Pappo, que levanto ovaciones en los temas finales, habían colocado a la audiencia en temperatura de rock and roll. Joe Cocker realizó un set impecable que domino la ansiedad imperante gracia a su entrega y solvencia. La cuenta regresiva se acercaba al punto de detonación, fogueada por el estático fervor del publico que vaticinaba a coro: "Mire, mire que locura / mire, mire que emoción /esta noche toca Richards / el año que viene tocan los stones".

Medianoche del sábado momento indicado para escuchar esa música ardiente. Se apagaron las luces y en medio de un griterío infernal Keith Richards y los miembros de su banda, The X-Pensive Winos dieron comienzo a la fiesta con Take It So Hard y Eileen. La gente se abrazaba, victoreaba y rugía enloquecida. "Hola Argentina, estamos contentos de estar aquí, saludo Richards después del cuarto tema. El escenario se tiño de azul y la densa atmósfera de Gimme Shelter clásico de los Rolling Stones provoco y estallido de emoción. Eso fue lo ultimo que Richards necesito para soltarse del todo shockear a la masa enardecida.

Pero el instante mas electrizante llegaría cuando sonaron los acordes de Time is on my Sade (El Tiempo esta de mi Lado), la mas reconocida de las canciones que Richards incluyó en su set. Allí se pudo comprobar que un mismo sonido provocaba idénticas reacciones, tanto en jóvenes de quince años como en personas que superaban holgadamente la barrera de los 40 y que sentían bullir en la sangre la locura juvenil que el tema supo desatar en ellos años atrás. El tiempo quedaba disuelto en una canción inmortal. Richards hacia más evidentes sus mil arrugas en el rostro desplegando una franca sonrisa de satisfacción. Desde distintos puntos del estadio, varios músicos argentinos, entre los que se encontraban Charly García (acompañado por su banda), Luis Alberto Spinetta, Pappo y los Ratones Paranoicos, seguían las alternativas del concierto al igual que Joe Cocker, los integrantes de B-52´s y Os Paralamas do Sucesso.

Los temas de los Rolling Stones fueron dosificados con cuentagotas y Keith Richards se dedico primordialmente a presentar su nuevo materias solista, mechado con algunas paginas de su primer disco sin los Stones, entre los que How I Wish arranco calurosos aplausos. El reggae Too Rude, del repertorio stoneano hizo que los brazos se alzaran y que Richards presentará a los miembros de su banda: Steve Jordan en batería, Ivan Neville en teclados, Chaelie Drayton en bajo, Waddy Watchel en guitarra (de excelente perfomance) y los coristas Baby Floyd y Sara Dash.

Se acercaba el final y, para dejar concluida la parte oficial del repertorio, Keith Richards revivió un viejo rock de los Rolling, Happy, ante la felicidad del público, que ovacionó al guitarrista cuando, apoyándose en los parlantes, realizó unos solos exquisitos. Después llegarían dos bises que sirvieron para que la gente le mostrase a Richards todo su amor por medio de cánticos y alaridos. El sueño arribó al despertar cuando se encendieron las luces. Keith Richards, el más Stone de los Stones, con el cigarrillo casi transformado en ceniza, miró con sus intensos ojos marrones por última vez al gentío y se alejó con su risotada milenaria.

 

EL ARTE DE SER Y NO SER UN ROLLING STONE

Ya lo había dicho en una reciente entrevista con Clarín: "Los Rolling Stones puede llegar a convertirse en una prisión". Keith Richards sabe bien de lo que habla, porque sus treinta años de vida como músico han transcurrido dentro de esos sensuales barrotes que le han dado forma y fondo al rock and roll hasta constituirse en su mismísimo sello. Un sello que a la vez es un estigma: ¿cómo zafar del destino de seguir siendo siempre un Rolling Stone? Richards parece haber descubierto que el único camino de eludir tal cicatriz es, precisamente, seguir siéndolo, pero sólo en el sentido que traduce ese nombre: piedra rodante que no junta musgo, esa fuerza que empuja siempre hacia delante y que combate permanentemente contra el estancamiento y la parálisis.

Su carrera como solista, iniciada en 1988 durante un prologado paréntesis de la banda que comparte con su socio Mick Jagger, es una prueba de ello. Con The X-pensive Winos, Richards ha dado rienda suelta a sus predilecciones y caprichos musicales que, si en el sonido de su guitarra siguen teniendo la inconfundible marca Stone, a la vez visitan otras estructuras compositivas, ritmos más sostenidamente cadenciosos en los que ha aprendido a manejarse sin la grandilocuencia propia de La Banda Más Grande Del Mundo. El suyo, claro, no es un emprendimiento fácil; porque el mismo gigantismo de los Stones ha sabido en otras oportunidades servir de abrigo a su personalidad sencilla y sin estridencias. Pero Richards es el paradigma del rocker, y a los 48 años sabe cómo sobrevivir a los avatares de esa música que alguna vez, en los ardores de una carrera agitada, estuvieron a punto de matarlo.

Paradójicamente, el guitarrista eligió par el estreno mundial de su segundo disco en solitario a una ciudad y a un estadio que lo esperaban con el fervor y el número con que se espera a una superestrella. Los nervios que le hicieron cambiar cuatro veces de vestuario y aparecer casi con una hora de demora sobre el escenario hablan, por el contrario, de una estatura tan frágil como humana. Pero cuando su guitarra pegó el primer chasquito, todas las especulaciones estallaron en mil pedazos y las fiestas del rock de todos los tiempos tuvo lugar en el barrio de Liniers. Allí estaba por fin el icono, luchando a brazo partido con sus seis cuerdas para salir de la prisión de los Stones sin dejar nunca de ser un Rolling Stones, abriendo sus piernas y canturreando con voz aguardentosa mientras miraba agitarse entre el público una bandera. Esa que le sacaba la lengua más famosa de la historia del género, la que el mismo Keith Richards ayudó a imponer como un símbolo sobre el planeta rock.

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