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Apenas Rock and Roll (pero alcanza)
Diario Página 12
Suplemento RADAR
04-04-1998
Por Alfredo Rosso

Los Rolling Stones dividen las opiniones como nunca en sus casi 40 años de historia: están los incondicionales (que irán religiosamente a los tres shows de River), los curiosos (que se los perdieron hace tres años y pretenden remediar esa gaffe) y están los desengañados (que no pueden disimular su fastidio porque Jagger y Cía. siguen en la brecha y vuelven a robar). Antes de que los shows del 29 y 30 de este mes y del 2 de abril sean elogiados o viviseccionados hasta la saturación, Radar ofrece una visión de la saga rockera que va camino de ingresar en el Libro Guinness de los Records.

 

La Inglaterra de los 50 vivía el shock de la posguerra debatiéndose en una versión british del retrato que pinta el tango: la verguenza de haber sido y el dolor de ya no ser. Los días del imperio donde el sol nunca se ocultaba habían terminado abruptamente con el nuevo reparto del mundo que anticipó la conferencia de Yalta, cuando ya se avecinaba el final del demente sueño hitleriano del Reich milenario.

La sonrisa de Churchill dibujada sobre su inseparable habano parecía más una mueca irónica de resignación inevitable: la verdadera pulseada por la repartición del planeta en dos grandes zonas de influencia geopolítica la estaban jugando Roosevelt y Stalin. Inglaterra, la isla que la Luftwaffe no pudo doblegar a pesar de los bombardeos de saturación, la que había dado hasta la última gota de la sangre, sudor y lagrimas que le había exigido su anciano paladín conservador, veía disolver su influencia a la de una potencia de segundo orden en el ajedrez de la Guerra fría.

En esa Inglaterra que cicatrizaba lentamente de las heridas bélicas, entre tarjetas de racionamiento y enormes descampados donde debían reconstruirse barrios enteros, crecía una nueva generación ansiosa de quitarse de encima el lastre de un orden social que no había cambiado sustancialmente desde la Época victoriana. Hasta entonces, un adolescente era básicamente un adulto en miniatura que reproducía, en escala, los valores de sus mayores. Se vestía como su padre ‚sólo que algunos talles menos, seguía la profesión o el oficio de su progenitor, pensaba como El y aspiraba a transmitir esos valores a sus propios hijos. La vida transcurría sin estridencias. Las penas del trabajo, los problemas hogareños o las frustraciones del tedio y la falta de estímulos se ahogaban en el pub de la esquina, frente a una pinta de cerveza. Sólo un milagro podía cambiar ese decorado cartón piedra, y ese milagro se llamó rock and roll.

 

SEXO Y SUDOR

A mediados de los 50 la música popular inglesa estaba dominada por baladistas de la escuela crooner y por las grandes (y desvaídas, en la versión inglesa) bandas de jazz tradicional que animaban los grandes salones de baile. Era la música de los mayores, prolijita y aprobada. Pero la llegada de las imágenes de un joven cantante sureño norteamericano llamado Elvis Presley, traídas a la isla en blanco y negro por los flashes de los noticieros cinematográficos, tenían un contenido de magia y electricidad que produjo un contagio masivo e instantáneo en los adolescentes británicos. Ese ritmo era algo totalmente inaudito. Rezumaba vigor, adrenalina y sexo.

En pocos años Inglaterra se llenó de miles de grupos deseosos de producir su propia versión de esa música vibrante y liberadora. Los más audaces e investigadores se atrevieron a bucear en las raíces de ese rock & roll y descubrieron la rica herencia del rhythm & blues, a su vez heredero de la tradición de los pioneros del Delta del Mississippi. Los barcos que recalaban en los puertos de Liverpool y Southampton traían una carga extra desde el otro lado del Atlántico: oscuros simples de 45 rpm, con los nombres de Chuck Berry, Bo Diddley, Muddy Waters, Howlin. Wolf, Slim Harpo, Jimmy Reed y otros músicos ignotos para el gran público. Estos discos llegaban a unas pocas casas especializadas y eran literalmente arrebatados por jovencitos que aún no alcanzaban los veinte años pero que ya poseían un amplio conocimiento del evangelio del rhythm & blues. Dos de ellos provenían de un suburbio del suroeste de Londres llamado Richmond y habían descubierto en el pupitre de la escuela secundaria que compartían un amor en común por el rock & roll. Se llamaban Mick Jagger y Keith Richards.

 

CONTRA LOS BUENOS MODELOS

Los días formativos de los Rolling Stones ya forman parte del folklore colectivo del rock internacional. Debemos señalar, sin embargo, que hubo un puñado de años cruciales, los que van de 1962 a 1964, en el desarrollo del naciente rock inglés. Es importante comprender, además, que este desarrollo no se dio en el vacío. La Inglaterra adormilada de la inmediata posguerra había comenzado a despertar en varios frentes: en la literatura y el teatro fue la Época de los Angry Young Men (la generación de escritores que cuestionaba a través de sus obras valores hasta ahora intocables como la monarquía, la rígida estratificación en clases sociales, la moral victoriana y los efectos destructivos de la diaria rutina laboral). En el ámbito político, los jóvenes comienzan a movilizarse ante el peligro de una guerra atómica (especialmente después de la crisis de los misiles soviéticos emplazados en Cuba en 1961). Esta nueva postura de los jóvenes frente a su sociedad y su tiempo impregna desde el vamos el rock inglés de los 60 en general y el de los Rolling Stones en particular. Al principio es más una cuestión de actitud e imagen, cuyos aspectos más visibles son la ropa informal sobre el escenario (en un ámbito caracterizado por grupos prolijos y atildados) y en el largo sobrenatural de los cabellos, complementando una música que se vuelve más ambiciosa con cada presentación.

A diferencia de otros grupos ingleses de rhythm & blues blanco, los Rolling Stones sacan ventaja por la idoneidad de sus músicos ‚ la escena de Jagger, la versatilidad de Brian Jones en diversos instrumentos, la guitarra zumbona de Richards y el sólido apoyo de la base rítmica Watts Wyman, además del dúctil piano del sexto Stones Ian Stewart‚ pero, además, porque consiguieron decantar la parte más tabú, más sexualmente agresiva de la música negra: el R&B de Memphis y de Chicago. Las reacciones de histeria masiva que desatan temas como, Route 66, I just wanna make love to you, Everybody needs somebody to love o Little red rooster en aquellos primeros recitales son el testimonio de que el público en verdad se transformaba con los Stones: en esos conciertos no alcanzaban el tercer o cuarto tema antes que un puñado de exaltados irrumpiera en el escenario precipitando el final.

Esta visión apocalíptica de un grupo de rock poniendo de cabeza los buenos modales británicos, dejando a su paso un tendal de teatros con butacas destrozadas o arrancadas de cuajo, pronto atrajo al elemento sensacionalista del cuarto poder, que comenzó una campaña para consagrar a los Rolling Stones como enemigos públicos número uno del orden y la moral, escalada que culminó con aquel célebre titular de tabloide dirigido, sin duda, al súbdito inglés pundonoroso y temeroso de Dios: ¿Dejaría usted que su hija se case con un Rolling Stone?.

El reino ya tenía su grupo pulcro, atildado y querido por igual por nietas y abuelas, que eran los Beatles, con las uñas largas que habían desarrollado en los lupanares de Hamburgo prolijamente limadas por Brian Epstein. El entonces manager de los Stones, Andrew Loog Oldham‚ que de tonto no tenía un pelo‚ comprendió enseguida lo que tenía que hacer: explotar esa veta de renegados y marginales que la prensa le endilgaba a sus protegidos, hasta las últimas consecuencias. Los Rolling Stones serían la imagen opuesta de los Beatles.

 

NO CONSIGO SATISFACCION

Otro triunfo estratégico de Oldham fue persuadirlos de ponerse a componer. Los Rolling Stones originales eran excelentes intérpretes de rhythm & blues y soul americano, pero si querían establecer una personalidad propia en el ya hipercompetitivo mercado del rock inglés (donde ya funcionaban los Who, Kinks, Animals, Pretty Things y Spencer Davis Group, entre muchos otros), debían escribir sus propias canciones. Comprensiblemente, los primeros intentos de temas propios (Little by little, Heart of stone o What a shame) seguían la estructura propia de sus Ídolos de R&B, pero ya en temas tan tempranos como Off the hook se aprecia esa mezcla de frustración, duda y desconfianza ante el sexo opuesto que les valieron a Jagger y a Richards las primeras acusaciones de misoginia, pero que tan bien resume las difíiles relaciones de las parejas inglesas de entonces. La creciente popularidad de los Rolling Stones, su primera gira por Estados Unidos y la valiente decisión de ir a grabar a los estudios Chess, donde se habían registrado tantos discos de sus músicos favoritos, sumado al fogueo de recitales constantes, le dio a la banda una nueva confianza en sus propias fuerzas. Durante una de estas visitas a Norteamérica se gestó el primero de los grandes éxitos del grupo: (I can´t get no) Satisfaction. El concepto sociedad de consumo recién se hizo popular a partir de 1967, pero los Rolling Stones ya lo estaban anticipando a través de un ritmo irresistible y de un protagonista que va en su auto y sale un tipo de la radio para decirme cuán blancas pueden ser mis camisas / y yo no puedo obtener satisfacción / y el tipo de la tele me dice que no puedo ser un verdadero hombre porque no fumo los mismos cigarrillos que él.

Aunque no se les dé justo crédito por ello, los Rolling Stones fueron también uno de los primeros grupos en comprender la importancia del cambio de orientación del mercado discográfico, del disco simple de 45 rpm al álbum de doce o catorce canciones. El longplay existía desde 1948, pero hasta bien entrados los 60 era tratado como un rejunte de temas, destinado a contener una o dos canciones que habían sido simples exitosos y completado con rellenos de calidad variable. Ya desde sus primeros álbumes (The Rolling Stones, The Rolling Stones volume 2, Out of our Heads) exhibían un tratamiento parejo y respetuoso de su repertorio de larga duración, algo que se acrecienta aún más con la aparición de Aftermath en 1966.

En el mundo del rock se abraza la noción de album conceptual cuando todas las canciones conforman una unidad temática (Tommy de The Who, The Dark Side of the Moon de Pink Floyd). Pero los Stones concretan en Aftermath (1966) una unidad conceptual de enfoque, de actitud. Y es una actitud de pocos amigos, por cierto. El protagonista de Paint it black está  peleado con el mundo y quiere ver todo de negro; la chica-fashion de Stupid girl recibe un gaste de dos minutos y medio y uno ciertamente no querría estar en los zapatos de la destinataria de Under my thumb: Bajo mi pulgar / esta la chica que alguna vez me tuvo a su merced / bajo mi pulgar / esta la chica que alguna vez me trató con prepotencia. Pero los Stones de Aftermath no son pura misoginia: Flight 505 toca con ironía el tema de la impotencia de la fama ante los caprichos del destino, y algo similar pasa con High and dry. Musicalmente, Aftermath es también un punto de inflexión, dando comienzo a una etapa experimental del grupo. El uso de cítaras (cortesía del siempre inquieto Brian Jones), la recurrencia a ritmos folk, la inclusión de un extenso tema improvisado en el estudio (I´m going home) y la monolítica performance de la banda de principio a fin, hablan de un notorio proceso de consolidación interna.

 

Y DROGAS TAMBIEN

Llega 1967 y al rock inglés, tanto como al norteamericano, le estalla la revolución psicodélica. La marihuana y el LSD son los catalizadores preferidos para expandir la mente, pero las drogas alucinógenas son sólo un elemento más de una filosofía de oposición al sistema, que tiene sus principales ideólogos en la ciudad de San Francisco, principal escenario del Verano del Amor. Los jóvenes que convergen de a miles en San Francisco buscan un proyecto de vida diferente, desprecian la sociedad consumista‚ plástica‚ de sus mayores y queman en público sus tarjetas de reclutamiento, como símbolo de violenta oposición a la guerra de Vietnam. Los grupos más populares de la movida‚ Grateful Dead, Jefferson Airplane, Country Joe & The Fish‚ suelen hacer causa común con sus audiencias, tocando gigantescos recitales al aire libre, a menudo gratis, o cobrando una entrada económica destinada a fomentar causas vinculadas con la contracultura joven. En Londres surgen bandas como Cream, Traffic y Pink Floyd, que mezclan la vieja base de rhythm & blues con experimentos mucho más osados. Los Beatles, con un timing admirable, editan Sargento Pepper y cambian otra vez las reglas del juego del rock. Todo es posible: usar cintas al revés, bandas de bronces, sonidos orientales, ritmos de vaudeville.

En medio de tantas flores, los Rolling pasan un año terrible. El viejo establishment inglés, ansioso de cobrarles las cuentas pendientes, parece decidido a quebrarlos física y moralmente a través de una persecución casi sistemática que usa por excusa la supuesta posesión de drogas. Richards, Jagger y especialmente Jones entran y salen varias veces de la cárcel. Como fuere, todavía les queda tiempo para grabar uno de sus simples más osados, Let´s spend the night together en el que, a una sociedad que todavía no había logrado digerir la inminente revolución sexual, Jagger les dice:  Satisfaré cada uno de tus deseos / y sé que habrás de satisfacer los míos / pasemos la noche juntos / te quiero más que nunca. Un juego de niños visto desde 1998, pero 31 años atrás estas estrofas motivaron un arrebato del conductor de TV norteamericana, Ed Sullivan, quien obligó a Jagger a cambiar la letra antes de sacarlos al aire.

Curiosamente, aunque el 67 los trató   bastante mal, los Rolling tuvieron tiempo de editar dos álbumes: Between the Buttons, un collage iluminado de pequeñas viñetas con tintes psicodélicos, baladas y R&B de buena cuna, al que quizá  le faltó un hit definitivo para hacer pie en esos meses de tanta riqueza discográfica, y Satanic Majesties, que les fue bastante peor, debido a las inevitables comparaciones con Sargento Pepper. Al igual que el álbum de los Beatles, Majestades traía una tapa colorida y original, con una foto en tres dimensiones y algunos símbolos psicodélicos sueltos aquí y allá, pero las similitudes terminaban allí. Los Rolling anticipaban cuestionamientos filosóficos futuristas en temas como 2000 Man, comentaban con ironía y cierta melancolía sus recientes experiencias carcelarias en Citadel y experimentaban con ritmos e instrumentos exóticos en el resto del album.

 

FIN DE FIESTA

Para mediados de los 60, los Rolling Stones habían contribuido como pocos a alimentar el fuego de los cambios sociales en Inglaterra tan sólo exhibiendo el desparpajo y la soltura propias de una banda de rock independiente, que no toleraba durante mucho tiempo‚ como pronto comprobaría el propio Oldham‚ a quienes intentaran modelar o moderar su imagen. Ahora, hacia fines de la década, cuando pocos creían en una resurrección de la credibilidad de la banda, Jagger & Cía fueron de los primeros en observar que el ídolo de paz y amor blandido por los hippies en el Verano del Amor tenía los pies de barro. Jumpin. Jack Flash y Street Fighting Man, dos simples de 1968, anticipaban el fragor de las luchas estudiantiles parisinas de esos días y también el encarnizamiento de los choques entre la policía y los opositores a Vietnam en Estados Unidos que ocasionó la masacre de la Universidad de Kent State. El album Beggars  Banquet, aparecido a mediados del 68, era un verdadero informe de situación a la vez que reunía la mejor música que los Rolling Stones hayan grabado antes o después. Entre poemas de amor en lenguaje de blues (como No expectations) y risueños dramas sentimentales en veta country (como Dear Doctor), navegaban perlas de sensibilidad social (como The salt of the earth) o el tema que se convertiría en insignia para el grupo, Sympathy for the Devil (erróneamente traducido como Simpatía por el diablo cuando lo correcto sería  comprensión  o consideración). A lo largo de cinco minutos, Jagger persigue al Angel Caído, y acusado de todos los males del mundo, a través de un sinfín de acontecimientos histórico-sociales, como la condena de Cristo a manos de Poncio Pilatos, la sangrienta toma del Palacio de Invierno durante la revolución bolchevique de 1917 y el abrumador avance de los tanques de Hitler en pleno fragor de la Segunda Guerra: Y así como cada policía es un criminal / y todos los pecadores, santos / así como la cara es ceca / llámame Lucifer / porque necesito algún tipo de límites / ¡Mucho gusto! espero que adivines mi nombre / sé que lo que te confunde es la naturaleza de mi juego. Mientras Jagger preparaba esta letra, en Vietnam la ofensiva del Vietcong terminaba con cualquier ilusión de un final rápido y victorioso para ese conflicto que se iba convirtiendo más y más en un vergonzoso forúnculo para los generales del Pentágono. El final de la década sería con dientes apretados, alternando la ilusión acuariana del festival de Woodstock y la llegada del hombre a la Luna, con la muerte de Brian Jones, los asesinatos del Clan Manson y el gigantesco cóctel de malas ondas que significó el Festival de Altamont ‚cierre de la gira estadounidense de los Stones‚ donde un miembro de los Hell´s Angels apuñaló hasta la muerte a un espectador que blandía un revólver a escasos veinte metros de donde Jagger cantaba la canción de Lucifer.

 

LA RESACA DEL DIA DESPUES

Si los 60 fueron los años de las utopías de paz y amor, la década siguiente fue la gran resaca del día siguiente. La industria discográfica, favorecida por la revolución en las comunicaciones que significó la difusión masiva de las emisoras de FM y las transmisiones televisivas vía satélite, empezó a expandirse a un ritmo sin precedentes. La popularidad masiva de grupos de rock como Led Zeppelin, Pink Floyd, Deep Purple y los propios Rolling Stones hizo el resto: en poco tiempo las ganancias se centuplicaron y el concepto de disco de platino empezó a formar parte de la lingua franca de los ejecutivos de grabadoras.

A esa altura, los Stones ya habían probado el lado oscuro del negocio. Les había costado mucho dinero librarse de su viejo grabadora, Decca, un sello conservador a ultranza con el cual ya no se miraban a los ojos desde hacía años. La popularidad masiva, con su carga de adulones, groupies, dealers y monitores de todo tipo rondando a los músicos día y noche, también había dejado su impronta en la banda.

Con nuevo guitarrista Mick Taylor, los Rolling Stones graban tres de sus álbumes más recordados: Let it Bleed, Sticky Fingers y Exile on Main Street, donde se despachan a gusto con varios de los temas que los acuciaban en esos días. Algunos temas son verdaderos hitos, como Gimme shelter, cuya letra y música ominosas reflejan palmo a palmo ese clima de inseguridad e incierta amenaza que se palpaba en el aire: "Ooh, una tormenta amenaza mi vida misma hoy / si no consigo refugio / voy a desaparecer / la guerra, niños, está a un solo tiro de distancia. Wild Horses, Sister Morphine y Rocks Off eran ecos de la soledad y la alienación que no parecían respetar ni siquiera a las estrellas de rock.

Mientras muchos hippies de ayer se transformaban en los ejecutivos del mañana, mientras miles de inocentes morían sacrificados en los altares de fundamentalismos militares, mientras un Nixon vencido dejaba la Casa Blanca tras el bochorno de Watergate, los Rolling transitan la elegante decadencia de su primer roce con el superestrellato. Los álbumes Goat Head´s Soup y It.s Only Rock.n.Roll hablan justamente de eso: urbes donde policías exacerbados matan inocentes, groupies de estrellas de cine, danzas macabras con el diablo a cambio de quién sabe qué prebendas: Es sólo rock n roll , dice, en efecto, Jagger, pero me gusta.

 

NO FUTURE FOR YOU !

Tras la partida de Mick Taylor, visiblemente exhausto del tren stoniano del exceso sin obtener el crédito musical al que se consideraba acreedor, los Rolling derraparán con dos discos inconsecuentes: Black and blue y Love You Live. Atrapados en un entuerto legal por el persistente hábito de heroína de Richards, complicados por problemas familiares de divorcios y nuevos matrimonios, no era el mejor momento para recibir un cachetazo musical-ideológico, pero la vida te da sorpresas. Léase, el punk. Desde el corazón de Londres, Johnny Rotten y sus Pistols lanzan sus lenguas venenosas pidiendo el retiro de los gerontes del rock and roll por caducos y por irrelevantes. Los Stones sonríen, displicentes, pero le dedican al asunto un par de minutos de consideración y ‚ya con su nuevo guitarrista, Ron Wood‚ hacen de su siguiente álbum Some Girls un ejercicio de aggiornamiento sonoro: producción limpia y metálica y un repertorio con la crudeza del punk, reservándose el tema principal (Miss you), sin embargo, para emular eficazmente el otro fenómeno musical de la era: la música disco.

 

EL ROCK ESPECTACULO

Es curioso cómo hay etapas que se queman aceleradamente. Entre 1977 y 1980 el punk se domesticó y se transformó en New Wave. Un demente acabó de cuatro tiros con uno de los grandes referentes de las utopías sesentistas, que a la vez siempre había tenido la cabeza en la tierra: John Lennon. El rock de los 80 se sumergió en el tecno, se sofisticó con innumerables adelantos sonoros y alumbró una cadena de difusión masiva en los albores mismos de la TV cable: la estación MTV. La década vio un desfile de rockers pulcros y presentables, encaramándose en los charts al compás de ritmos new romantic o baladas lacrimógenas: un rock bien vestido y opulento, acorde con el milagro económico que prometía la administración Thatcher en Inglaterra y el viejo cowboy Reagan del otro lado del charco.

Con un oído atento a los cambios y el otro en su propia música, los Stones sofisticaron su show escénico para adaptarlo a la realidad de los estadios, único hábitat que podía albergarlos desde principios de los 70: escenografías cada vez más complejas, pantallas gigantes y aprovechamiento de la tecnología inalámbrica permiten a Jagger hacer aerobics por multitud de rampas, mientras recorre las estrofas de viejos hits. Ni la cada vez más frecuente ocurrencia de músicos invitados para reforzar la estructura básica de la banda, ni la deserción del bajista Bill Wyman a principios de los 90 han alterado en forma significativa el básico show de rock and roll que los Rolling ponen gira tras gira sobre el escenario durante dos horas y pico. Mientras el mundo se acerca al cambio de milenio, la banda decana del rock internacional ha visto florecer y menguar otros varios fenómenos en el último decenio: el furor del grunge llegó, brilló fugazmente y se diluyó, así como los varios coletazos del rock alternativo se asimilaron con mejor o peor suerte al mainstream.

A diferencia de músicos que podrían ser hijos suyos y que no paran de acaparar centimil en la prensa especializada, los Rolling Stones parecen cobrar vida solamente cuando están "en el camino". Entre el enjambre de álbumes costumbristas y/o mundanos que han soltado sobre el mundo en estos últimos 18 años (Emotional Rescue, Steel Wheels y Bridges to Babylon son los que más rápidamente vienen a la memoria), Jagger, Richards y el resto se las han arreglado para sorprendernos un par de veces con discos superiores a la media y a lo que uno buenamente siente que puede esperar de ellos, como Tattoo You, Dirty Work o Voodoo Lounge.

Cuando se produjo el largamente esperado debut de los Rolling Stones en Argentina, en febrero de 1995, el público local adoptó dos actitudes claramente diferenciadas. Hubo, por supuesto, una legión de fans leales que abarrotaron el estadio de River Plate durante cinco noches (en total, 300.000 espectadores). Fueron muy pocos los que dejaron el estadio insatisfechos: es más, el consenso general es que los Rolling Stones se bancaron la parada con un show de rock and roll mucho más que competente. Hubo energía, hubo música bien tocada y, si lo que se palpó de a ratos en la química Jagger-Richards-Watts-Wood no era pasión, al menos resultó un sucedáneo muy eficaz. La otra actitud provino, en general, de gente, otrora rockeros puristas, que se propuso firmemente no ir a verlos, endilgándoles ser la personificación de toda la decadencia que se abalanzó sobre aquel rock esclarecido de los años 60 y su travestismo en un mero espectáculo de masas. Me permito sugerir que este reduccionismo simplista quizás esté revelando más acerca del colapso de las utopías personales de estas personas que una supuesta traición ideológica de parte de Jagger & Cía. Por mi parte, encaro la nueva llegada de los Rolling a nuestro país con una serena alegría. No aspiro a emocionarme hasta las lágrimas ni a experimentar alguna inesperada epifanía ante la visión del grupo pero sí sé que voy a escuchar a una de las mejores bandas que dio la música de los últimos cincuenta años, poniendo arriba del escenario un show de gran nivel. Pero, sobre todo, voy a recordar que esos tipos que están ahí arriba ayudaron con su música, con su arte, a que mi vida fuese diferente: más colorida, más excitante, mejor. Si el resto es sólo rock & roll, admito que me sigue gustando.

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