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EL SIGLO SE TERMINO

Diario Página 12
16-02-1995
Suplemento NO
Por Eduardo Fabregat

El domingo, en el momento que el escenario del Voodoo Lounge Tour estallaba por tercera vez en la Argentina, un avión sobrevoló el estadio de River rumbo a Aeroparque. Quizás sus pasajeros se sintieron tan afortunados como el mar de cabezas y brazos que poblaba el césped y las tribunas: desde el aire, desde una mísera ventanilla de avión, pudieron tener una inolvidable visión del final de siglo. Años después de todo, cuando las apuestas se ajustan a términos de marketing, los Rolling Stones al fin cerraron el círculo y establecieron la paradoja de que la música siga teniendo significado. Nada más destacable que la curiosa dualidad de una misma frase. Sesenta mil personas corearon cada noche que it’s only rock and roll, las palabras más emblemáticas y a la vez desactualizadas de esta experiencia de cinco River.

El escenario con el que los Stones desembarcaron en la Argentina ofrece la prueba más contundente de que ya no es sólo rock and roll. Como poseedor del título de los pase pesados, el cuarteto puso a su servicio toda la parafernalia de los noventa y vistió a sus canciones con una coraza indestructible de tecnología. Pero en el nervio central reposa un sonido que revalida la vieja declaración de principios. Y aquí, en esta tierra exótica, en contaron el factor sorpresa que potenció aún más semejante combinación. La gente.

Seguramente es demasiado suponer que el corazón de Jagger, Richards, Watts y Wood sufrió una convulsión similar a la de quienes afiebraron su garganta con "Satisfaction", "Brown sugar", "Sympathy for the devil" o "Jumpin’ Jack Flash". Quizá sea otra variante de creer que seguimos siendo los mejores del mundo. Pero algo debe haber producido en el ánimo de esos veteranos conocedores ese estadio en llamas. Y en el de los contadores, que ya apuntaron la inédita cantidad de shows en una misma ciudad. Pero sobre todo eso flota la sensación de que nada podrá superar esto, porque no existe banda capaz de generar semejante orgía multitudinaria de los sentidos. Sólo una hipotética reunión de los Beatles podría acumular boletos. Pero Lennon murió hace rato, y McCartney ya entregó su versión del mito. Por eso, vea a Mick Jagger correteando por esa ciudad dominada por una serpiente de luces y fuegos, a Keith Richards guapeando y saludando con golpes en la cabeza, el pecho y la cintura, deja la impresión de algo definitivo, de último capítulo en una historia contada con mucho esfuerzo. Daniel Grinbank asegura que después de esto le quedará una depresión posparto. No va a estar solo: para la historia del espectáculo en la Argentina, el siglo ya terminó.

Lo curioso, en este caso, es cumplir con una leyenda y a la vez demostrar pragmatismo. En los años 70, los gerentes de hotel sudaban frío con la presencia de esos desharrapados que podrían destrozar su boliche. Hoy deben sonreír forzadamente ante las quejas de los turistas, molestos por el despliegue policial y la amenaza de los pibes que tuvieron la vela frente al Hyatt durante horas y horas. Los visitantes otrora tan temidos se limitaron a algún festeja posshow, a mostrarse fugazmente en un balcón, a salir del encierro para una conferencia de prensa de preguntas lamentables y volver a lo suyo maldiciendo las costumbres del negocio. Sobre el cibernético escenario, Richards hizo que su guitarra tuviera la suciedad en un Woodstock 1969, y el show tuvo momentos como "Midnight rambler", en el que todo se aproximó a la zapada en un tugurio lleno de ebrios de bar.

Allí, donde los pingos veteranos demuestran que el ejercicio del rock les sale como a nadie, la exposición de ciertas sutilezas no le quita brillo a la fiesta. El dúo que parió pentagramas históricos apenas se mira y jamás se toca, y por momentos se presencia una formidable batalla entre los egos más desarrollados del mundo de la música. Los activistas del bando moderno –las rivalidades no se agotan en el fútbol- sostienen su visión de las cosas haciendo acusaciones de que todo es una pose, una actitud estudiada y actuada hasta el mínimo detalle. Probablemente haya algo de eso, pero, ¿quién puede reprocharle a Richards –ese tío disolutoque cualquiera quisiera tener- que asuma una postura que es estampa del rock, como otros se ponen el traje que exige su "bando"? Aquí, como en cualquier lado, los Stones hicieron uso de cada arranque fanático de una multitud que esperó treinta años: el violero, por lejos, fue quien jugó de local, quien extendió sus arrugas en una mefistofélica sonrisa mientras las tribunas aullaban "olé, olé, olé, Richards, Richards". Jagger protagonizó uno de los momentos más fuertes, cuando su imagen emergió de entre las llamas para vocalizar "Simpatía por el demonio" con galera y gafas redondas. Watts incrementó la inesperada ovación manteniendo el gesto hierático de siempre. Wood, el hermano mayor ideal para una familia del palo, paseó su cara de pajarraco para gusto de los indeseables del barrio. Fueron lo que se esperaba que fuera. The Rolling Stones. Tipos que ya no parecen querer incendiar tu ciudad, profesionales de sólida cuanta bancaria, pero sobrevivientes de la mitología rockera y perfectos actores de una leyenda de autoría propia. El valor de eso es más tente que las explosiones de cada final.

Los pibes, más allá de todo debate ético, recibieron y disfrutaron a los Stones como la ocasión exigía, y cosecharon el esperado show inolvidable. La otra Argentina recibió al cuarteto lumpen devenido en corporación con una mezcla de curiosidad e interés, y la utilización del fenómeno abarcó varios frentes. Sirvió para que dos canales de televisión profundizaran su rencilla, utilizando el argumento "nuestro show es legítimo, el que tienen ustedes no". Sirvió para que comprobar aquello del pragmatismo, al ver a Ronnie con una gorra con la pelotitas de colores. Sirvió para que las vecinas se siguieran asustando, para que la policía renovara sus excusas para imponer mano fuerte, y para que los políticos buscaran el enganche. Así, el Frente conducido por Chacho Alvarez imprimió carteles que aconsejaban utilizar la lengua de Warhol para mojarle la oreja a Memen. T el aludido respondió con la invitación que debe hacer erizado las pelambres de Tradición, Familia y Propiedad, y una foto que ya dio la vuelta al mundo. Los stones y el milagro de Anillaco: los tiempos cambian. La música también.

Pero hay reinados que no arrugan.

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